Economistas perdidos en “El Planeta de los Simios”

17 08 2010

Laurie Santos, profesora de psicología de la Universidad de Yale, descubrió que varios de los errores sistemáticos que, según la economía del comportamiento, causaron la crisis financiera, pueden detectarse también en monos.

¿Qué tan atrás hay que ir para rastrear los orígenes de la crisis financiera de 2007-2008? ¿Cinco años, cuando se empezó a inflar fuerte la burbuja inmobiliaria en EE. UU? ¿20 años, cuando se pusieron de moda los derivados? ¿400 años atrás, en los albores del sistema capitalista?
Laurie Santos, profesora de psicología de la Universidad de Yale, en EE. UU, cree que las raíces del árbol de la crisis tienen un poco más de edad. Más precisamente: 35 millones de años, días más, días menos.

Asociada a su colega Keith Chen, de la escuela de management de la misma universidad, Santos descubrió que varios de los sesgos y errores sistemáticos que, según la economía del comportamiento, estuvieron entre los causantes del último mega-derrumbe de los mercados, pueden detectarse también en monos que comparten ancestros comunes con los seres humanos.

Santos se interesó en los monos capuchinos cuando terminó su carrera en Harvard y se fue a escribir la tesis en la isla de Cayo Santiago, Puerto Rico. Los capuchinos están entre los animales más inteligentes del planeta: tienen un cerebro extremadamente grande, utilizan herramientas avanzadas y hasta fabrican en la selva su propio repelente natural para librarse de los mosquitos.

La psicóloga entrenó a 10 monos para realizar transacciones con monedas. “Descubrimos, con sorpresa, que los monos comparten muchos sesgos con los humanos”, le contó Santos a Clarín por correo electrónico el martes pasado.

Los capuchinos tienen “aversión a perder” (un individuo -en este caso cuadrúpedo- prefiere no ganar 100 dólares antes que perder 100 dólares, lo cual supone una asimetría en la toma de decisiones); y “dependencia de un punto referencial” (evalúan opciones en relación a un punto de referencia arbitrario). También, prosigue la académica, como los humanos, los monos tienden a racionalizar ex post sus decisiones. Mientras que la economía tradicional postula que los agentes toman sus decisiones en base a sus preferencias, la psicología social demostró que a menudo el proceso es el contrario: la gente moldea sus preferencias para adaptarlas a las decisiones que tomó previamente.

El paralelismo entre los capuchinos y los humanos lleva agua para el molino de la tesis evolucionista que usan los economistas del comportamiento para justificar los sesgos. El cerebro humano es una Ferrari si lo que se le requiere es cazar y escaparse de los depredadores, lo necesario para sobrevivir en la sabana africana millones de años atrás. Pero se vuelve una catramina para cumplir con las exigencias de la economía moderna, apenas un parpadeo en términos evolutivos.

Santos también se sorprendió cuando, acostumbrados a hacer transacciones con monedas, los capuchinos se pusieron a comprar y vender de todo, inclusive sexo. Lo cual confirmó, de paso, aquello de la profesión más antigua del mundo.

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