El arte de la guerra

20 01 2010

El mejor estratega es anónimo. Su prestigio es invisible, pues gana una guerra sin necesidad de librar una batalla. Sabe que el triunfo deseable es aquel donde no existe desgaste físico ni moral, donde no se ha puesto en riesgo ningún patrimonio, ningún valor preciado. Es más, sabe que el triunfo es duradero si no ofende al rival, porque así bloquea cualquier espíritu de revancha, toda promesa de venganza.

Un estratega debe ser absolutamente prudente. Trabaja lejos del azar, evita las situaciones que están fuera de su control, pero debe estar suficientemente entrenado para enfrentar los escenarios desfavorables. El general debe tener una estrategia orientada a concentrar su poder y, al mismo tiempo, debe vaciar de recursos y ánimos a sus oponentes. Debe poder enfrentar las batallas con una correlación de fuerzas notablemente a su favor. Solo así se puede persuadir al enemigo contra la insensatez e invitarlo a pactar por el bien mutuo.

Estas son, entre otras, las lecciones de “El arte de la guerra”, el libro del maestro chino Sun Tzu que fue escrito hace cinco mil años y que orienta aún la experiencia de los buenos estrategas. El espíritu del libro es, contra lo que dice su título, pacifista. Se trata de evitar el conflicto y si esto no es posible, resolver al menor costo el dilema.

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