El don del perdón

2 02 2009

Cuentan que dos niños que jugaban con una espada empezaron a pelear para ver quién se quedaba con ella. Uno de ellos la agarró del mango; el otro, del extremo filoso. Los dos forcejeaban, agarrando cada vez más fuerte cada extremo. El que cogía la espada por el extremo filoso se hería la mano en el forcejeo, pero como quería la espada a toda costa no estaba dispuesto a soltarla. Mientras más duro la cogía, más daño se hacía y sangraba más.

Esta historia es una buena analogía de la rabia o dolor que sentimos cuando algo malo nos pasa o cuando alguien nos hace daño. La rabia, o el dolor, es como el filo de la espada, que muchas veces -al igual que el niño- agarramos con fuerza, sin soltarla. Al no perdonar y soltar el sentimiento negativo, terminamos desangrándonos y haciéndonos daño.

Uno cree que cuando no perdona le hace daño a la otra persona que nos infligió un daño. Pero es justamente al revés. El no perdonar nos ataca a nosotros mismos. Según el doctor Fred Luskin, experto en temas de perdón de la Universidad de Stanford, las personas que no perdonan tienen más alta la presión arterial y tres veces más riesgo de sufrir un ataque al corazón.

Imagine las siguientes situaciones: su pareja le sacó la vuelta, su mejor amigo lo traicionó, lo despiden sin aviso previo, un colega habla mal de usted a sus espaldas. Sin duda que estas experiencias le generarían a cualquiera mucho dolor o rabia, entre otros sentimientos negativos. Pero una vez que hacemos el duelo natural como consecuencia de estos actos tenemos dos posibilidades: quedarnos con la rabia y contar nuestra tragedia a todas las personas que podamos, mostrándonos como víctimas del destino, o hacernos responsables de nuestros sentimientos, tomar el control de nuestras vidas y perdonar.

Muchas personas no perdonan porque ser una víctima tiene sus beneficios. Existe una persona a quien echarle la culpa de nuestros problemas, y al contar nuestra historia ganamos la simpatía de los demás. Pero perdonar nos devuelve la paz interna y evita que nuestro dolor se convierta en enfermedad. El Dr. Luskin menciona que las personas tienen la tendencia a generar reglas sobre terceras personas, y cuando una regla no se cumple, tendemos a ofendernos y generar rabia o dolor. Una regla es una expectativa que uno tiene sobre el comportamiento de terceras personas. Tenemos reglas para todo: la gente no debe mentir, mi pareja debe ser fiel, la vida debe ser justa, la gente debe tratarme con respeto, la gente debe ser generosa, la gente debe ser puntual, etc. El problema es que cuando uno trata de que se cumpla una regla que no depende de uno, nos molestamos, nos da rabia e impotencia. A mayor cantidad de reglas, mayor posibilidad de sentirnos heridos y defraudados.

Pero, como dice Luskin, ¿qué sentido tiene molestarse por algo que no depende de uno? Por ejemplo, supongamos que usted valora mucho la puntualidad y que su esposa se demora arreglándose y llega tarde a un compromiso. Usted está indignado. Las cosas no salieron como usted quiso. Pero la demora de su esposa no depende de usted, no está bajo su control; entonces, ¿por qué indignarse? Esto no significa que usted ignore el problema. Para arreglar el problema no necesita estar molesto; es más, estar tranquilo le permite afrontar mejor la discusión con su esposa para llegar a un acuerdo de cómo mejorar su puntualidad.

Deje de molestarse por las cosas que no dependen de usted. Aprenda a perdonar y liberarse del dolor para lograr la paz que le permita afrontar la vida.

por DAVID FISCHMAN

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